Capítulo I
- 19 oct 2020
- 6 Min. de lectura
Escritura conjunta con Carolina Sosa Amorín
La luz del mediodía entra en la habitación por entre la cortina y me pega justo en el ojo izquierdo. Arrugo la cara por la decepción de un nuevo día y giro en la cama en el momento justo en el que un brazo me da un golpe en la nariz.
-Au.
El hombre que está acostado al lado mío abre un ojo.
-Uh, perdón, ¿estás bien?- y todo su aliento matutino pega de lleno en mis fosas nasales.
-¡No me hables a la mañana! Te lo dije veinte veces, Agustín. ¿Y por qué estás en mi cama?
Él me mira con los ojos muy abiertos y los labios como pegados. Espero a que me conteste y como no recibo respuesta le pego en la cabeza.
-¡Me dijiste que no te hable!- y se levanta de la cama para evitar mis golpes. –Te pusiste en pedo anoche, te fui a buscar al bar y te traje a tu casa, me iba a ir pero como sos una maricona me pediste que me quede. Creo que querías tener sexo, pero te quedaste dormida antes de que me sacara la remera.
Le revoleo una almohada con la esperanza de que sea mentira mientras corre al baño para esquivarla.
-En serio, ¡estabas como loca!
Idiota.
Me levanto de la cama y me arrastro hasta la cocina, que no está muy lejos porque mi departamento solo es eso, cocina, cama y baño.
-Y entonces, ¿qué te pasó anoche?- me pregunta desde el baño.
-¿Mmmm?- quiero esquivar esa pregunta y todas sus respuestas. El teléfono suena y soy salvada –Hola, mamá- contesto la llamada.
-No puedo creer que elijas atender a tu mamá antes que contestarme ¿Tan malo fue?- me grita Agustín desde el baño.
-Hola, nena- me habla mi mamá del otro lado de la línea -¿Con quién estás? ¿Qué fue tan malo?
-Nada, mamá- revoleo los ojos- es Agustín que se despertó gracioso hoy.
-¿Dormiste con Agustín? ¿Qué hace ahí a esta hora?
-Son las doce del mediodía, mamá.
-Sí, para vos eso son como las ocho de la mañana, si te rascas todo el día. ¿Qué vas a hacer hoy?
-Rascarme.
-Luz, ¿conseguiste trabajo?
-Tengo una audición hoy a la tarde.
-Trabajo, dije.
-Si no funciona busco algo.
-No va a funcionar.
-Gracias por el apoyo, ma. Me tengo que ir.
Corto el teléfono justo cuando Agustín sale del baño.
-¿Otra vez con lo del trabajo?- me pregunta.
Asiento y le sirvo una taza de café que él me saca de las manos.
-No, no, vamos a desayunar afuera, yo invito, después del pedo que te agarraste ayer necesitas carbohidratos y café como la gente.
Sonrío. Esto es lo maravilloso de tener un amigo que te conoce tan bien, siempre sabe lo que necesitás.
-------------
-Qué inocente que sos -Agustín revuelve su café con leche como si fuera un tsunami, la mitad cae sobre la mesa, pero no parece importarle, está demasiado concentrado en lo que tiene para decirme. -Así que, estuviste toda la noche hablando con esta chica que, según decís estaba buena, y no se te ocurrió que la mina tenía onda con vos.
Me río.
-Me di cuenta cuando me dio un beso.
Agustín se agarra la cabeza.
-Después llegó Mariano y bueno, el resto ya lo sabés.
Mariano es mi compañero de teatro con el que me obsesioné el año pasado.
-Otra vez con ese, no sé qué le ves, es un tonto con facha, para eso salí conmigo, boluda. No me digas, ya sé, se apareció en la fiesta, te tiró onda y cuando creías que era tu noche se terminó yendo con otra.
Agacho la cabeza y clavo los ojos en mi tostada, avergonzada.
-Se metió con la asistente de dirección en el baño.
Agustín se levanta de su silla y empieza a aplaudir como en un teatro. Quiero matarlo. Lo agarro del bolsillo de su jean y lo siento de un tirón. Él se sigue riendo.
-Luz, por favor, dejá de buscar a ese tipo, es un imbécil.- Me mira a los ojos y me sonríe detrás de su taza de café -Tenés una audición en quince minutos, volá.
----------------
Corro las diez cuadras de distancia que tengo entre el café y la audición, con el taco de mis botas marcando el ritmo sobre el asfalto. Llego sin aire, con la bufanda enroscada como una soga para ahorcar, el tapado a medio poner y los pelos hechos un lío.
-Bueno, si venís ideal para interpretar a una loca.
Ay, no, Mariano.
Me peino en el espejo del pasillo y me acomodo la ropa.
-Vos debés ser amigo de mi mamá porque me tirás la misma buena onda.
Él se acerca y me pasa un brazo por arriba de los hombros. Puedo sentir su desodorante y el jabón de la ducha que se dio esta mañana.
-Es un chiste nomás ¿Qué andás haciendo por acá?
-Tengo una audición.
-¿El de la publicidad? Yo también, qué bueno. Hay que pasar en pareja, si querés vamos juntos.
-¿En pareja? ¿Qué hay que hacer?- entro en pánico.
---------------
-A ver… necesitamos que mires para arriba como si vieras algo fantástico, y vos, linda, agachate cerca de él, como si quisieras alcanzarlo- nos explica la directora.
Dudo. Ponerme en esa posición hace que mi cara quede justo enfrente del cierre de su pantalón. Tierra trágame.
Él me anima con una sonrisa y un asentimiento. Hago lo que me piden.
-Un poco más cerca linda, él es tu objeto de deseo.
“Si supiera, señora”, pienso. Tengo mi cara a unos centímetros de él, lo más cerca que estuve jamás, más lejos de lo que estuvo anoche la asistente de dirección. Me odio, me imagino lo que se podría llegar a reír Agustín con esta escena tan ridícula. Soy patética. Acá, con la nariz en la punta de los jeans del hombre del que estoy enamorada hace siglos y él ni se entera, y si se entera se hace bien el pelotudo.
-Ey, dijeron “corte”- me susurra Mariano.
Me pongo más colorada que nunca y me levanto del suelo de un salto.
-Gracias, chicos, los estamos llamando en estos días- nos despide la directora.
No va a pasar, lo sé, nunca pasa.
-Eso salió bastante bien, ¿no?- me dice Mariano cuando salimos a la calle- El papel es nuestro.
-Tuyo, capaz- le digo mientras me vuelvo a poner el tapado.
-Qué negativa. Che, ¿querés que almorcemos algo? Tengo un rato antes de una reunión.
Sí.
-No, gracias, es que acabo de desayunar.
Parece desconcertado, mi mente se inclina por aceptar la invitación pero después de lo de anoche no creo que pueda soportarlo, en una de esas se levanta a la moza y quedo sola pagando la cuenta. Así que lo saludo con un beso rápido y vuelvo a mi casa.
----------------
Dejo la cartera sobre la barra de la cocina y me vuelvo a tirar en mi cama. Ya me estoy arrepintiendo de no haber aceptado ese almuerzo. El sonido del celular vuelve a sacarme de mis pensamientos que ya corrían en espiral.
-¿Cómo te fue?
-No sé, mamá, siempre hacés lo mismo, no voy a saber hasta que me llamen o no…
-Bueno, mientras tanto, llamá a tu tía que necesita una secretaria nueva en la oficina.
-No quiero trabajar de secretaria.
-Y yo no quiero tener que seguir manteniéndote, así que andá a trabajar. No quisiste ir a la facultad, bien, quisiste hacer mil cursos de teatro, te los pagué, pero ahora tenés que trabajar y si lo de actriz no funciona de algo vas a tener que vivir, Luz. Yo estoy sola, sin tu papá no me puedo hacer cargo de ustedes.
-¿Ustedes?
-Vos y Agustín.
Cierto. Agustín el mártir. No quiero escuchar esa historia otra vez pero no veo salida rápida, así que me meto en la cama con el teléfono todavía pegado a la oreja y me cubro con el acolchado hasta la cabeza.
-Vos sabés que papá me pidió que lo cuidara también, no lo puedo dejar solo.
-Mamá, Agustín es grande ya, terminó el colegio, fue a la facultad, tiene trabajo, salió adelante. Los chicos del colegio lo aman, lo votaron el mejor profesor, otra vez.
-Ya sé, pero bueno, es como otro hijo para mí, nena y no quiero que sufra…
Eso último me llama la atención, me siento en la cama y acomodo el teléfono.
-¿Por qué? ¿Qué pasó?
Hay un silencio largo del otro lado que me hace sudar frío.
-Ma… ¿qué pasó?
-Volvió, la madre de Agustín. Me llamó hoy, me dijo que quería verlo.
-Le dijiste que no, ¿no?
Silencio otra vez.
-No puedo decirle que no, Luz, es su mamá.
-Su mamá borracha que lo abandonó cuando tenía quince.
Más silencio.
-Le di su teléfono, así que calculo que lo va a llamar. Tratá de que te cuente, que no esté solo.
Corto y me quedo mirando el techo como si esperara alguna respuesta. Mi mente viaja al pasado como si fuera la pantalla de un cine y vuelvo a ver los ojos del Agustín de quince años. Los tristes, los oscuros, los que escondían una vida de dolor. Los ojos que esa tarde llegaron para pedirle ayuda a mi papá.



Comentarios