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Capítulo X

  • 9 ene 2021
  • 5 Min. de lectura

Apoyo la cabeza en la almohada y suspiro. Agustín, sentado en la punta de la cama me mira divertido.

-Así que, la oportunidad de tu vida viene de la mano de un tipo que es un pelotudo.

-Exacto- lo miro mientras se ríe. Por suerte vuelve a ser el mismo de antes y ni siquiera hizo falta hablar de ese beso raro de hace unos días y acá estamos otra vez, tirados en la cama, viendo series y hablando pavadas.

-Pero, ¿te sigue pasando algo con Mariano? Digo, después de todo ese asunto del viudo.

-No le digas “viudo”, se llama Diego. Y no, no sé… ¿Y vos? ¿En qué anduviste estos días?

Agustín se levanta y va hasta la cocina.

-Mmm no mucho, trabajé en la escuela, época de exámenes- revolea los ojos- y estuve hablando con el abogado para ver el tema de la casa, la puse en venta.

Me reincorporo como si tuviera un resorte en el culo.

-¿Vas a vender la casa de tu viejo? No lo puedo creer, con los años que hace que te lo vengo diciendo, ¿qué cambió ahora? Es por lo de tu vieja, ¿no?

Se ríe, me agarra de los hombros y me trata como idiota.

-Shhhh, tranquila, shhhhh. Sí, no quiero que se me vuelva a acercar por guita, la próxima vez espero que sea por mí y solo por mí.

-¿Próxima vez?

-Quiere que vaya a conocer a su familia nueva, qué se yo.

Mi cara se desfigura.

-¿Seguís hablando con ella?-. Estoy por gritarle, pero me acuerdo de nuestra última conversación sobre el tema y cuánto se enojó. –Si vas a ir voy con vos.

Entonces me abraza.

-Gracias. Si me decido a ir te aviso.

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Me despierto de la pesadilla con el corazón desbocado y la nuca transpirada. Otra vez la misma, la de siempre. Papá discute por teléfono mientras fuma un cigarrillo atrás de otro, grita y gesticula, la cara se le desfigura de a poco y toma un color rojo intenso. Mamá mira televisión como si no pasara nada a su alrededor. Papá está a punto de estallar, sé que algo malo va a pasarle si sigue gritando así pero solo tengo cinco años y nadie escucha lo que digo. Intento sacarle el teléfono y decirle que se calme, busco a mamá pero no reacciona. Y entonces veo a Agustín parado al lado de papá, en las manos tiene un detonador, me ve, me sonríe con su cara de adolescente y presiona el botón rojo. Papá explota.

Me desenredo las sábanas y salgo de la cama como puedo, el reloj marca las ocho de la mañana y en dos horas tengo la audición.

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El escenario del teatro me hace sentir tan chiquita que creo que voy a vomitar antes de empezar a decir mis líneas. Mariano no se ve mejor, transpira como vela al sol y su voz parece distinta. Estamos haciendo un desastre o eso nos parece y nos ponemos todavía peor. Además me piden que cante una canción que jamás en mi vida escuché. Quiero morir.

-Bueno, chicos- nos dice la directora –en estos días los estamos llamando.

Eso es “nunca”.

Arrastro mi alma fuera del escenario e intento contener el llanto.

-¿Vamos a tomar un café a la esquina?- me dice Mariano y me abraza de costado –Siento que me pasó un camión por arriba.

Sonrío como puedo y entonces me arrastra hasta un localcito con mesas en la vereda con un estilo parisino que hace que no todo parezca tan perdido.

-¿Lo hicimos tan mal como yo creo?

Mariano enciende un cigarrillo y suspira.

-Yo creo que peor. Es parte de esto, también hay que aprender a controlar los nervios.

Me agarro la cabeza. No son nervios, es que no puedo dejar de pensar en el sueño, hacía años que no lo tenía y cuando aparece es un seguidilla de pesadillas que no me van a dejar dormir en una semana.

Una chica trae nuestro café, Mariano le guiña un ojo y ella se ríe como estúpida.

-¿Por qué hacés eso?- me indigno.

¡No! ¿Qué estoy haciendo?

-¿Qué cosa?

No contestes, no contestes.

-Eso, guiñar el ojito, sonreírle a las minas, estoy yo acá, ¡te veo!

¿QUÉ - ESTOY - HACIENDO?

La mirada incrédula de Mariano me pone más furiosa. No sé si es porque dormí poco, porque estoy frustrada o porque, capaz, este tipo es un idiota.

-No sé por qué lo hago, qué se yo, soy soltero, me gustan las mujeres…

-A mí me gustan los hombres y no ando mostrándoles el elástico de la bombacha a cada uno que pasa.

¡¿Qué?!

Mariano trata de contener la risa pero falla y el sonido tímido se transforma en una carcajada.

-¿Esa es tu táctica? ¿Les mostrás el elástico de tu bombacha?- se ríe más fuerte y entonces yo también me tiento.

-¡No! Fue una manera de decir.

-¡Una manera muy sensual!

Las risas nos duran un rato hasta que la moza trae la cuenta y no nos queda otra que calmarnos.

-Ahora, en serio, ¿de qué estás hablando? ¿por qué te molesta que haga eso?

Mierda.

-No sé, me parece un poco… no sé, no está bueno, es demasiado… exagerado…

Mariano se inclina unos centímetros y levanta una ceja.

Mierda, otra vez.

-¿No será que te gusto un poco?

Un poco, poquitísimo, porque justo estaba empezando a ver lo bobo que sos.

-Ni en pedo.

Ah, listo, me recibí de virgen.

-Mmmm… ¿segura?

¿Qué es esta película adolescente trucha?

Mi celular sobre la mesa empieza a sonar. Diego.

-¿Doctor?- atiendo lo más seria que puedo y Mariano vuelve a su lugar en la silla.

-Bueno, cuánta formalidad- se ríe y yo vuelvo al elástico de mi bombacha que parece aflojarse un poco con solo pensar en su boca- Te llamo porque estoy cerca de tu casa con el auto y te puedo llevar al consultorio si querés.

Miro la hora, después a Mariano y entonces una especie de demonio se apodera de mí.

-Estoy en un café a unas cuadras con un compañero de teatro, ¿querés pasar por acá?

-Dale, mandame ubicación.

-Va a pasar a buscarme mi jefe- le explico a Mariano cuando dejo el celular – ¿querés que vayamos pagando?

-¿Tu jefe? ¿Qué tipo de jefe te pasa a buscar para llevarte al trabajo?

Uno que está más bueno que vivir en una playa.

-Nada que ver, es copado nomás- y la vocecita en mi cabeza ríe con maldad.

-Debe ser un viejo verde, tené cuidado.

Estoy por contestarle en el momento justo en que Diego dobla en la esquina, caminando, y el mundo parece empezar a moverse en cámara lenta.

-Necesito tomar un café yo también- me dice mientras se acerca- si no les molesta me sumo- y me saluda con un beso y a Mariano le estrecha la mano –Soy Diego.

Mariano tarda unos segundo en responder al gesto, lo veo procesar la información y yo salto, divertida, en mi interior. Dulce venganza.

-Diego, él es Mariano, venimos de una audición.

-¡Qué bueno! ¿Cómo les fue?

-Bien.

-Horrible- contesto yo.

Diego se ríe.

-¿Bien horrible?

-Algo así- contesta Mariano.

Diego se toma su café mientras conversamos sobre la audición. Parece relajado y que de verdad le interesa la historia. Mariano, por el contrario, está a punto de clavarle un tenedor en el ojo.

-Así que, vos sos el jefe de Luz.

-Sí, soy dentista y Luz es la secretaria de consultorio, entró hace poco- me mira y sonríe.

Qué lindo sos.

-¿Y la llevás siempre al trabajo?

Diego levanta una ceja.

-No, pero si ando cerca no me cuesta nada.

-¿Y qué andabas haciendo por acá?

-Ay, Mariano, déjalo en paz- me río incómoda.

Diego le da un sorbo a su café y achica los ojos.

-La verdad, no estaba tan cerca, vine solo por el placer de hacerle un favor a Luz, porque se lo merece- y pide la cuenta con un gesto, deja el dinero sobre la mesa y se levanta- ¿Vamos? Te invito el almuerzo de camino.

Me muerdo la lengua para no estallar de felicidad y me acerco a saludar a Mariano que se vuelve cordial y educado en un segundo.

-Bueno, el que tenga novedades de la audición avisa, ¿sí?

-Dale.

Diego vuelve a estrecharle la mano.

-Un gusto.

-Igualmente.

Dudo.

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