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Capítulo IX

  • 29 dic 2020
  • 5 Min. de lectura

El edificio es muy elegante. Diego estaciona en la vereda de enfrente y me indica el camino al mismo tiempo en que apoya su mano en la parte baja de mi espalda, toque que me provoca una dosis de adrenalina que se traduce en una sonrisa tonta. Anabel la nota, lo sé porque en ese instante me mira y me guiña un ojo.

¿Tiene seis o treinta y dos? Basta, Luz, sólo guiñó un ojo.

Al entrar a su casa, una oleada de perfume a coco me invade y el lugar se siente hogar. Todo está ordenado y prolijo. Limpio y cálido. La nena de melena rubia llena de rulos interrumpe mi inspección.

-Vení, Luz. Mirá que lindo es mi cuarto. ¿Te gustan las muñecas?

-Claro que me gustan… de chica inventaba miles de historias donde mis muñecas eran las protagonistas.

Lo miro a Diego y le pido permiso para seguir a su hija. Me contesta con una de sus sonrisas más dulces.

-Mientras hacen el tour, voy buscándote algo de ropa- Y desaparece por un pasillo.

Anabel está muy entusiasmada. La habitación es la de una princesa, la cama tiene un respaldo con capitoné beige, un acolchado rosa pálido con almohadones haciendo juego, una pequeña alfombra al costado y juguetes de toda clase. Me hace acordar a la mía, con la misma mesita en la que jugaba a tomar el té con papá y pasábamos horas hablando de lo grandiosa que sería mi vida adulta. ¿Qué le pasó a esa nena?

-Y esta es mi favorita- me pone en frente a una muñeca que tiene dos colitas en el pelo de lana amarillo.

-¡Es hermosa! Claro, cómo no va a ser tu preferida…

-Me la regaló mi mamá, antes de irse. Me dijo que me iba a acompañar cuando ella no esté.

Siento el mismo dolor.

-Y lo bien que lo hace. Es una compañera genial me parece. Algún día te voy a mostrar yo a la que me acompaña a mí desde que mi papá no está.

¿Desde cuándo conecto así con una nena? No sabía que podía…

-Chicas, lamento interrumpirlas. Luz tiene que ir a trabajar, hija.

-Noooo. Quedate a jugar conmigo…- Anabel hace carita de perro mojado.

-No puedo, linda. Pero te prometo que otro día te vengo a visitar.

¡¿Quién te invitó?! ¡¿Desde cuándo te gusta jugar con niños?!

-Acá tenés algo de ropa. Pasá a mi cuarto y fíjate qué preferís. Es por ahí, la segunda puerta.

-Gracias, permiso.

Agarro la ropa que, asumo, es de la difunta y entro en la habitación. Claramente, a tono con el resto de la casa y con las personas que la habitan, el lugar es hermoso. Me siento curiosa y me acuesto en la cama. De repente me encuentro oliendo la almohada, llena de “ese” perfume y mi cabeza vuela a mundos donde Diego me hace el amor mil veces en una cama así. El murmullo de afuera me para como soldado y miro la ropa que me dio mi… ¿jefe? Siento que todo lo que estoy haciendo está mal, una invasora en una casa que era de otra, una depredadora usurpando el nido, pero es que tampoco lo puedo evitar, porque Diego me atrae por donde lo mire y él parece responder a todas mis demandas imaginarias.

Estoy apurada y elijo rápido. Por supuesto, aunque el talle es más o menos parecido, su ropa me queda rara, ajusta y sobra donde no debe, casi como un recordatorio de que nada de eso es mío.

Salgo al pasillo con mi pijama en la mano rumbo al living. La cara de Diego cuando me ve no tiene descripción que le haga justicia. Él se esfuerza por disimular, se le nota.

-¡Ah! Te quedó bárbaro. ¿Una bolsa para el pijama?- la voz sale entrecortada.

-Sí. Gracias.

-Te acompaño al cónsul.

-No, no hace falta. Ya hiciste suficiente por mí. Tu casa es hermosa y tu hija también. Gracias por todo.

-Era lo menos que podía hacer por vos. Gracias por acompañarme, sé que no tenías por qué. Es un montón para mí…- se enreda con las palabras.

-Bueno, estamos a mano entonces- lo ayudo a salir de ahí.

-Bajo con vos así te abro.

Saludo a Anabel, que inesperadamente me regala un abrazo sentido y salimos. Diego llama al ascensor y el silencio que se produce me aturde. Es la primera vez que siento que esto lo afecta tanto. No sé si mi presencia, la ropa de su mujer, el susto con su hija, pero la tensión se siente como una bomba de estruendo en año nuevo. La cosa empeora cuando estamos solos en el ascensor. Mi cabeza va a mil pero no puedo decir una palabra. Diego se apoya contra una de las paredes como si no pudiera mantenerse parado. Lo miro, concentrada y levanta la vista. Mis ojos se encuentran con su mirada y como en una especie de desafío, ninguno de los dos parpadea. Se separa de la pared y da un paso hasta quedar muy cerca de mí. Abre la boca como para decir algo, que presiento, no es cualquier cosa, y en ese segundo se abren las puertas del ascensor. Diego vuelve a sellar los labios y, como si hubiese perdido la oportunidad de su vida, sale con cara de resignación.

-Gracias de nuevo, Luz.

-Cuando quieras.

¿Eso es lo mejor que podes decir, imbécil?

Cuando le doy un beso para saludarlo, apoyo la mano en su brazo y casi por instinto, lo acaricio. Me mira con gesto entre sorprendido y contento. No le doy importancia, me hago la boluda y salgo del edificio como mejor me sale.

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Me siento en mi escritorio y siento como si hubiesen pasado tres días en unas horas. Agarro mi teléfono, que llevo tiempo sin mirar. Tres llamadas perdidas de un número que no conozco y un mensaje de Agustín: “¿Todo bien, desaparecida?” Le contesto, explicándole en pocas palabras el quilombo de mi día y le propongo que cenemos. Después de hacer pasar a un paciente de Paula y dar un par de turnos, encuentro el hueco para llamar al número misterioso.

-Hola, tengo llamadas de este número…

-¿Quién habla?

-Mi nombre es Luz, ¿quién habla ahí?

-Luz… ¿Luz Cardinale?

-Sí.

-Hola, por fin, te llamo de la productora Crearte. Queríamos hablar con vos por un trabajo en una obra de teatro. Mi nombre es Florencia. Hablamos con Mariano, tu compañero, hace unos días y ahora necesitaríamos saber si te interesa.

-Sí, claro, sin duda- la felicidad se inyecta en la sangre y me recorre cada parte del cuerpo.

-¡Genial, linda! Mañana a las diez es la audición. Te mando por Whatsapp la dirección del lugar… Ah, y no te olvides de coordinar con Mariano, necesitamos que vengan juntos.

-Ehhh, bueno, gracias. Ahí estaré.

El lío en mi mente es abrumador. Tengo que ir con Mariano, y eso implica llamar al diablo de nuevo. Además es en mi horario de trabajo, tengo que pedir permiso y eso me genera una sensación horrible teniendo en cuenta todo lo que le pasó a Diego y que trabajo acá desde ayer prácticamente.

Disfrutá, Luz. Vas a poder. Es todo lo que siempre quisiste.

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