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Capítulo VIII

  • 22 dic 2020
  • 5 Min. de lectura

Por mi cabeza cruza la idea de llamar a Agustín y pedirle que me traiga ropa de casa, pero entonces me doy cuenta de que hace días que no hablamos, desde el… beso… así que mientras el ascensor sube hago una nota mental en mi cabeza para recordar llamarlo más tarde, de alguna manera vamos a tener que sortear esta cosa rara que ahora hay entre los dos.

¿La hay?

Las puertas se abren en el piso indicado y yo, todavía sin saber qué hacer, me quedo parada como idiota en el medio del pasillo. No puedo volver a mi casa a cambiarme, no tengo tiempo. Así que me resigno y busco el número de habitación. Lo mejor va a ser que me maneje como si estos pantalones fueran la última moda. Sí, eso, actitud.

-¿Por qué estás en pijama?- la voz de Diego me sorprende a mis espaldas.

Mierda.

Tiene unas ojeras enormes, el pelo despeinado y la sonrisa a medio camino.

Te amo.

-Hola, te estaba buscando- ignoro la pregunta como una campeona.

-Es acá- y me indica la puerta a la derecha.

En la cama hay una nena sentada que me sonríe de oreja a oreja.

-¿Vos sos Luz? Papá me dijo que ibas a venir y que sos su nueva secretaria.

Lo miro a Diego, intrigada, pero él se encoje de hombros.

¿Estoy acá en papel de secretaria?

-Sí, soy Luz- contesto y dejo mis cosas en una de las sillas.

-Yo soy Anabel, soy su hija.

Me río.

-Eso me dijeron.

¿Y tu mamá, nena?

-¿Viste que no parece un papá?

¡Ja! No, parece el hombre de mis sueños.

-…mis compañeros de la escuela tienen papás más viejos, gordos y pelados y además no están casi nunca en la casa, pero lo que pasa es que mi mamá se murió cuando yo era muy chica y entonces él hace un montón de cosas, ¿no, pa? Me lleva al colegio, cocina, me ayuda con las tareas…

¡Momento! ¿Diego es viudo?

Lo miro de reojo, no quiero que mi sorpresa sea obvia ni que se note que se me acaba de partir el corazón por él. Diego responde a mi mirada pero sin expresión, no sé qué está pensando.

-Mi papá también hacía todas esas cosas- le digo a la nena que espera alguna respuesta después de semejante discurso.

-¿Tu mamá también se murió?

El corazón se me rompe un poco más.

-No, pero mi papá hacía esas cosas igual.

Ella asiente y se queda pensando. Diego me modula un “perdón” desde el otro lado de la habitación. Me río.

-¿Cuántos años tenés?- le pregunto a Anabel.

-Seis, ¿vos?

-Treinta.

Entonces Diego se levanta de la silla.

-Bueno, basta, la estás matando a preguntas- se ríe –Nos vamos a ir a tomar un café al piso de arriba y en un ratito nos vamos, ¿sí?

Ella asiente, obediente y Diego y yo salimos de la habitación.

-Perdón, se la pasa hablando.

-Olvidate, me cae bien, sin pelos en la lengua.

Cruzamos una puerta y subimos por unas escaleras frías y oscuras hasta la cafetería, en silencio buscamos una mesa y nos sentamos. Diego mantiene una sonrisa curiosa en la cara y yo lo miro buscando respuestas.

-¿Me vas a decir por qué estás en pijama o te vas a seguir haciendo la boluda?

Suelto una carcajada horrible, cargada de ansiedad.

-Está bien, te digo. Me levanté tarde y me tenía que ir a anotar a la escuela de comedia musical, no pensaba venir para acá, iba a pasar por mi casa a cambiarme antes de ir al trabajo.

-Te queda bien igual.

¡¿Qué dijo qué?!

Me pongo colorada porque es obvio que no me queda bien, pero presiento que me está tirando onda, aunque en un momento muy poco adecuado.

Pedimos dos cortados y yo me pido unas medialunas porque tengo un hambre voraz.

-Gracias por venir. Yo sé que fue extraño pedírtelo, pero es que no tengo mucha gente a la que recurrir en estas situaciones, no quiero preocupar a sus abuelos y mis amigos no son de dar mucha contención.

Se me estruja el estómago.

Te amo, te amo, te amo.

-No pasa nada, me gusta ayudar. ¿Qué pasó?

-Lo que te dije, nada serio, tiene asma y cuando se enferma yo exagero, no sé. Pero igual la dejaron en observación toda la noche así que creo que hice bien.

-¿Y vos cómo estás?

Él revolea los ojos.

-Cansado. Es que Mariana se ocupaba mejor de estas cosas, tenía la sangre fría, yo me pongo tarado.

-¿Mariana era tu esposa? ¿Qué le pasó?

Diego le da un sorbo a su café.

-Ahora entiendo por qué te cae bien mi hija, sos igual de preguntona.

-Perdón- respondo avergonzada.

Vuelve a tomar de su taza y me mira sorprendido.

-¡No! Me gusta, me obliga a… hablar-. Respira profundo y el nudo en mi estómago vuelve a apretar pero intento ignorarlo. –Mariana tuvo cáncer de mama, operación, quimio, metástasis, todo el paquete. Cuando falleció quedé solo con Anabel y esa es la versión corta.

-¿Y la larga?

-La misma pero con más detalle y mucho llanto.

Asiento.

-Así que… tu papá hacía todo en tu casa…

Cambio de tema rotundo.

-Algo así, no sé, yo recuerdo hacer esas cosas con él, no con mi mamá. Agustín y yo pasábamos mucho tiempo con él.

-Tu tía me dijo que tu papá murió y que Agustín fue adoptado por ustedes hace muchos años.

Asiento. No me gusta hablar de esto, no lo hago ni con Agustín porque siento que compartimos el mismo dolor y no hace falta decir mucho más. Empiezo a jugar con las migas de las medialunas y evito la mirada de Diego que insiste en que diga algo más. Siento mis manos sudar frío y mi pierna derecha empieza a moverse rítmicamente, nerviosa.

Una enfermera se acerca a nuestra mesa y Diego le sonríe en reconocimiento.

-El doctor ya dio el alta, necesito que firme unos papeles en el piso y ya se pueden ir.

-Gracias, Ana.

Ofrezco pagar la cuenta mientras él termina todos los trámites y nos encontramos en el hall de entrada del hospital. Anabel está feliz de volver a casa. Diego solo parece querer dormir eternamente.

-Bueno, me voy al consultorio- digo mientras reviso mi reloj. Me queda una media hora y todavía tengo que cambiarme, no voy a llegar. ¿Qué dirá mi tía si aparezco en pijama?

-Vení, te llevo, mi casa está a la vuelta del consultorio. Y creo que tengo algo en casa que te puede quedar- me dice señalando mis ropa.

A mí se me ocurre otra cosa que también me pude quedar a la perfección… Esperen, ¿me está ofreciendo ropa de su mujer?

-No, por favor, no pasa nada, puedo llamar a mi tía y decirle que llego un poco más tarde…

-Estás loca, odia que lleguen tarde, venís a casa, listo.

Anabel salta de felicidad y me agarra la mano.

La foto de una familia feliz. Solo que estoy photoshopeada en el lugar de una muerta.

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