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Capítulo II

  • 19 oct 2020
  • 4 Min. de lectura

Ricardo y papá eran amigos desde tiempos en donde compartían la pelota, el banco en la escuela y la merienda en el patio de la casa de la abuela Carmen. Eran inseparables. Los dos fueron a la facultad de medicina y ambos se especializaron en cardiología.

Una noche, después de varias cirugías y mucho cansancio, Ricardo subió al auto para volver a su casa y en un semáforo amarillo, chocó con un camión. Ese accidente lo dejó sin vida en el mismo instante en que Agustín se acostaba a dormir la noche previa a su cumpleaños número diez.

Carla, su mamá, nunca pudo superar esa pérdida. Los años que siguieron fueron desastrosos. Ella se dedicó a salir y tomar sin parar, hasta que un día no volvió. Supuestamente se había ido con un hombre que manejaba negocios un tanto turbios del que se enamoró o se obsesionó, o tal vez, sólo le permitía seguir borracha.

Mi familia siempre estuvo ahí para Agustín. No sé qué hubiera sido de él en otras circunstancias.


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Me pasé la tarde pensando en el laburo. Era verdad lo que me decía mamá. No podía seguir viviendo de ella, me fastidiaba, me cuestionaba, pero el trabajo de secretaria era un montón. Necesitaba la plata porque quería hacer un curso de comedia musical, que seguramente iba a ayudarme a conseguir algo, pero bancarme el sermón que iba a darme también era demasiado. Por eso decido llamar a mi tía.

-¡Hola, Luz! Que sorpresa recibir tu llamado- igual de falsa que mamá, la tía Paula, siempre tan simpática.

-Mamá me comentó que necesitas recepcionista o secretaria o algo así para el consultorio. Yo podría hacerlo, no sé mucho de odontología ni de papeles, pero puedo esmerarme- me acoplo a su tono alegre.

-Claro que sí, linda. ¿Por qué no pasas por acá a la tardecita y charlamos?

-Dale, tía. Gracias.

Me pongo lo más formal que encuentro en mi placard. Unos jeans con stilettos, una camisola y me ato el pelo, haciendo una cola de caballo. Necesito meterme en el personaje. Todo sea por el curso.

A las siete de la tarde llego al edificio donde está el consultorio, entro en la recepción y, como no veo a nadie, me siento a esperar. Me distraigo un momento mirando Instagram en el celular.

-¿Ramirez? Hola, ¿Ramirez?

Levanto la cabeza y desde la puerta del consultorio dos, un hombre literalmente tallado a mano, de ambo blanco, altísimo, morocho y de ojos azules, me mira expectante. Me quedo muda por unos segundos.

-Emmm, no, no soy Ramirez. Soy la sobrina de Paula. La estoy esperando- digo con una cara de boba infernal.

-Ah –el adonis sonrie- Hola sobrina de Paula, soy Diego, su socio- y se acerca a mi asiento.

-Hola, Diego socio de Paula- se me estampa una sonrisa en la cara que no puedo sacar y parezco una idiota- Soy Luz.

-Encantado. Paula ya se está por desocupar, termina con un paciente y listo. ¿Te puedo ayudar en algo?

Sí. Quiero practicar hacer bebes con vos. Muchas veces.

-No sé. Vine por trabajo. Sé que necesitan secretaria.

-Sí. Parece que nos vamos a ver seguido entonces.

-Ojalá-. Listo, quiero este trabajo.- Espero estar a la altura.

-Bueno, para empezar tenés muy buena presencia- dijo, mientras me guiñaba el ojo y volvía a su consultorio- y necesito que alguien me avise que Ramirez no vino, así no pierdo el tiempo.

Yo te aviso todo lo que quieras, lindo.

Cuando Paula sale de su consultorio me explica todo a cerca del trabajo y acordamos empezar mi período de prueba el lunes a primera hora.


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Camino hasta casa aturdida por la posibilidad de un trabajo nuevo y el socio de mi tía, pero necesito enfocarme en Agustín y por eso decido llamarlo. No se si su mamá se habrá contactado con él y eso me hace sentir como una mala amiga.

-¿Hamburguesa solo con cheddar? ¿Te va?- le digo en cuanto contesta.

-Lucesita, ¿cómo fue la audición?

-Creo que como siempre. Pero tengo novedades. ¿Cenamos?

-Dale. Te encuentro en "Club hamburguesa" en media hora.

No parece diferente a otros días. Seguro que la flamante madre de América todavía no apareció. Respiro aliviada.

Llegamos al bar casi al mismo tiempo y pedimos lo mismo de siempre. Estudio su expresión minuciosamente mientras nos acomodamos. Todo parece normal.

-¿Por qué me mirás así? ¿Te gusto?

-No, tarado. No te miro nada. ¿Todo bien?

-Sí, ¿tenés fiebre? ¿Por qué pones esa cara de virgen violada?

-Ja, ja. Muy gracioso. Tengo la cara que puedo tener después de aceptar trabajar en el consultorio de mi tía.

-Y tu vieja por fin lo logró- aplaude mirando al cielo.

-Sí, lo bueno de todo esto es que tiene un socio que trabaja ahí, un odontólogo que está re fuerte, así que voy a tener un paisaje hermoso.

-A ver si logra destronar a Mariano de una vez.

-Olvidate que se fije en mí. Es hermoso. Imposible.

-¿Y qué tiene? Yo soy hermoso, pero si me pedís, te hago el favor un rato.

-Callate, nene. Este tipo es un bombón, quiero que me saque todas las muelas de juicio juntas y…

-Hola, sobrina de Paula.

Parálisis. Mi cabeza empieza a girarse en cámara lenta.

-Hola, Diego- mi voz sale temblorosa, siento que mi cara se prende fuego y Agustín no puede disimular lo divertida que le parece la escena.

-¿Te tenés que sacar muelas de juicio? Cualquier cosa que necesites, avísame.- Con una sonrisa que evidencia que se ríe de mí, se despide para ubicarse unas mesas más atrás, donde lo espera un grupo de personas y yo me despedo de mi dignidad.

-Vos sí que sabes cómo levantarte un tipo, eh. Muy bien- se burla Agustín.

-Me escuchó todo, me quiero morir. Me deja sin palabras, es muy lindo.

-Tranquila que tu cara disimuló todo y a él no pareció molestarle tampoco. Sos muy buena actriz- me dice irónicamente.

-Espero que me vaya mejor como secretaria, porque entre la audición y esto...

-Me llamó Carla hoy- Agustín me interrumpió, soltando la bomba como si no hubiese pasado nada.

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