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Capítulo III

  • 10 nov 2020
  • 5 Min. de lectura

Mi mente vuelve a viajar a esa tarde en la que Agustín llamó a la puerta de mi casa.

-Necesito ver a tu viejo.

Tenía los ojos brillosos como cristal y saltaba ansioso de un pie el otro, con las manos en los bolsillos de sus pantalones. Lo invité a pasar sin decir demasiado, estaba más que claro que algo no andaba bien.

Encontró a papá en la cocina, que en cuanto lo vio dejó todo lo que estaba haciendo.

-Creo que se fue- fueron las únicas palabras que dijo Agustín.

Mamá escuchó desde el comedor y entonces todo se transformó en un caos silencioso, como si la gente alrededor de mi amigo viviera en cámara lenta. Podía notar que sus ojos veían pasar muchas cosas –papá hablando por teléfono, mamá preparándole una habitación en el estudio, yo revoloteando a su alrededor como una abeja molesta- sin ver realmente, sin que los sonidos mellaran en él.

Hoy, sentada del otro lado de la mesa de la hamburguesería, quince años después, puedo ver cómo todo su mundo cambia, las personas alrededor nuestro empiezan a moverse más lento, el ruido del lugar se vuelve un silbido constante y suave, como un murmullo incontrolable.

Me olvido de Diego, de Mariano, de mi fracaso como actriz y trago lo que queda de mi hamburguesa mientras asiento con dificultad.

-¿Y qué quiere?

Agustín se encoje de hombros, le da un trago a su cerveza.

-Verme.

-¿Después de tantos años? ¿Así, sin más?

¿Por qué parezco más indignada que él?

-Algo más debe haber. Me enteraré mañana.

Casi salto de la silla.

-¿La vas a ver?

Él levanta una ceja, como si no entendiera o fuera tonta.

-Luz, es mi vieja.

-No, ya no lo es, te abandonó, te dejó con nosotros.

En el momento en el que las palabras salen de mi boca me arrepiento. Agustín se levanta de la mesa muy despacio.

-¿Pensás que no sé todo eso? Me pasó a mí, no a vos, y sí, es mi vieja, no la tuya, y es la única que tengo. Y de verdad creo que es muy maduro de mi parte poder sobrellevar esta situación con tanta altura e ir a verla, así que si no me vas a apoyar mantenete al margen.

Doy una especie de salto hacia atrás y en defensa propia ante su hostilidad pero él no parece notarlo, o no le importa, y se va, dejándome ahí sentada como nena encaprichada.

---------------

Me quedo unos minutos para procesar lo que pasó. Acabo de tener una de esas discusiones que no se sabe en qué momento empezaron ni por qué, solo se tiene la certeza de que pasaron y de no saber muy bien cómo arreglarlo. Agustín y yo discutimos todo el tiempo, por pavadas, pero nunca por algo así, nunca por su mamá. Odio a esa mujer.

Termino mi cerveza y mis papas y estoy lista para irme cuando noto la mirada sobre mí. Levanto la cabeza de mi bandeja de comida arrasada y lo veo, todavía del otro lado del local y rodeado de gente, Diego. Frunzo el ceño, no sé si es un buen momento para esto, no después de lo de Agustín y mucho menos después del papelón que pasé hace un rato, pero él no parece notarlo y se acerca a mi mesa, caminando, despacio, casi en cámara lenta. O tal vez es mi cerebro que me juega una mala pasada. Mi cuerpo hace cosas extrañas alrededor de los tipos lindos, como si se separara de mi consciencia, de la parte del cerebro que te hace consciente del espacio, el tiempo y la dignidad.

-¿Todo bien, sobrina de Paula?

¿Por qué sigue sin decir mi nombre?

-Sí- trato de hacer una sonrisa amable.

-Vi que tu amigo se fue… no quiero molestarte ni parecer un metido, no pude evitar ver la situación…

-Sí, todo bien, no me molestas. Ya me voy igual- lo interrumpí para sacarlo de su maraña de explicaciones.

¿Me parece a mí o ahora es él el que está tartamudeando?

-¿Estás lejos? ¿Te llevo? Tengo el auto en la otra cuadra.

-No te preocupes, vivo cerca y prefiero caminar.

No puedo creer lo que acabo de decir, ¡justo hoy me tiene que agarrar un ataque de autosufiencia!

-¿Puedo acompañarte?- sus ojos me miran con dulzura, y yo me derrito.

-Claro, pero ¿y el auto?

-Después vengo a buscarlo, tampoco me va a venir mal caminar un poco.

¡Dale! Si debes hacer ejercicio todo el día para estar así, Hércules.

En un gesto de caballerosidad, como si no fuese un montón que me acompañe a casa, agarra mi campera y me la pone sobre los hombros. Lo miro entre sorprendida y embobada, y termino de pasar los brazos por las mangas.

Caminamos despacio, por momentos su mano roza la mía y yo tengo toda la filmografía de Hollywood en la cabeza. Me saca de mis pensamientos cuando me dice algo de la noche y el frío, y de pronto estamos teniendo esa conversación típica de cuando no se sabe que decir. Su presencia me intimida, me siento tonta y no se me ocurre de que más hablar. Pero él parece un poco más seguro de sí mismo.

-¿Hace mucho que son amigos con...?

-¿Agustín? Sí, de toda la vida… es …de la familia.

-¿Sólo amigos?

-Sí, obvio. Es como un hermano- noto que el tono de mi voz se elevó demasiado.

-Y vos, ¿estás de novia? No te quiero causar problemas acompañándote…

-Nooo. Sola. Ningún problema.

Por el amor de todos los ángeles del coro eclesiástico, ¿por qué mi voz está tan aguda?

Mi cabeza se debate entre regularizar los latidos de mi corazón, no hacer papelones, dejar de hacerme la novela y preguntarle a él cuál es su situación sentimental. Pero todo esto se frena de golpe cuando logro ver desde la esquina de casa que hay alguien en la puerta. Paro la marcha de golpe y Diego me mira sorprendido.

-Ya casi llegamos. Gracias por la compañía. Mi edificio es llegando a la esquina- le explico, señalando la dirección de mi departamento.

-Ah, entiendo. Un placer, señorita.

Cuando termina de hablar, nos acercamos para saludarnos y pasa eso que no te tiene que pasar. Los dos con la boca para el mismo lado. ¡Dale! Todos sabemos que hay que poner la mejilla derecha. ¿Será zurdo? Quiero morir cuando siento mi cara llegar al punto de ebullición, cuando por ese error de cálculo, mis labios rozan los suyos. Mi reacción es desmedida. Empiezo a decir palabras sueltas sin sentido, algo parecido a una disculpa mezclada con justificación.

-No fue tan malo tampoco, ¿no?- se ríe a carcajadas de mí y se le hacen dos hoyitos en las mejillas que hacen que inmediatamente me quede muda. -O tal vez sí…- cambia el semblante al de preocupado.

-No, perdón. Me tengo que ir.

-Bueno, mejor así- y extiende la mano y me regala una sonrisa amable.

Le extiendo la mía y la electricidad que me recorre al tocarlo me llega hasta lugares de mi cuerpo de los que no era consciente. Doy por terminado el saludo como puedo y me alejo.

Sentado en el primer escalón de la entrada, con la cara entre las manos, el cuerpo de mi amigo me espera. Sin dudarlo me siento, lo abrazo y él llora como aquel nene en el velorio de su papá. En ese momento entiendo que él ya soportó muchas pérdidas, y que de alguna manera, el llamado de su mamá le devuelve algo de lo perdido, una parte de su historia. Unos minutos después hablo.

-¿Té de frutos rojos y “Friends”?

Y subimos para pasar la noche como cuando éramos adolescentes y nos dolía un poco la vida.

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