Capítulo IV
- 16 nov 2020
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El sonido de mi celular me despierta de un sueño rarísimo que incluía a Diego y a mis muelas llenas de caries.
-¿Qué pasó, ma?
-Nena, ¿qué pensás ponerte mañana para tu primer día de trabajo? ¿Cómo te preparás? ¿A qué hora entrás? Mirá que tenés que ser puntual y dar una buena…
-¿De verdad, mamá? ¿Ahora?
-Sí, porque te conozco y tenés que ocuparte un poco.
-Bueno, pensaba ponerme un tutú rosa y hacerme dos colitas en el pelo.
-Basta, Luz. Hablemos en serio. Soy tu madre y me preocupo por vos.
-Ya sé, mamá. Pero hacés cada pregunta…
-¿Sabés algo de Agustín?
Salto de la cama al darme cuenta que no lo veo ni lo escucho. Camino con mi teléfono entre mi hombro y la oreja y veo una nota arriba de la mesa: “Gracias, Lu. Después te llamo”.
-Luz, ¿seguís ahí?
-Sí. Agustín está como puede con la aparición de esta “sujeta”.
-Pobre… no lo dejes solo, viste que él a vos te quiere… te quiere.
-Y yo a él. Quedate tranquila. ¿Podemos hablar después?
-Bueno hija. Llamame. Te quiero.
¿Qué fue ese “te quiere… te quiere”? Automáticamente decido no enroscarme con las cosas que dice y pienso en que hoy es el día. Agustín va a ver a esa mujer despreciable. Deseo con todas mis fuerzas que no lo lastime, no otra vez. Hay algo más que nuestra historia que hace que estemos conectados. Los dos perdimos cosas importantes en la vida y estamos unidos porque compartimos el dolor. Sólo él sabe lo rota que yo estoy por dentro. Transitamos por duelos juntos, fuimos refugio, contención. Él conoce mi lado más oscuro y el más luminoso. Yo también los de él.
El sonido de mi estómago me saca de mis pensamientos. Tengo hambre. Mientras me preparo mi mate, decido cambiar el rumbo de mis pensamientos y busco en Instagram a Diego. Bastante tiempo dejé pasar esta vez para “stalkearlo”. Tiene el perfil público y sólo cinco fotos. Tres con amigos, una en el consultorio haciendo algún tipo de propaganda y otra con una nena de unos cuatro años. Me quedo mirándolo por un rato. Me parece increíble que alguien pueda ser tan lindo, debería pagar algún impuesto por eso. Dato importante, no hay foto con novia/mujer/amante. Por un momento pienso que debe ser igual a Mariano, obvio. Siempre termina así la historia. Pero dentro de mí está nuevamente esa vocecita de porquería que me dice “No, Luz. Este es distinto”. Y, claramente, ya empiezo a imaginar cómo es, lo que le gusta, cómo besa, cómo toca, y ahí todo es perfecto. Decido empezar a seguirlo. Unos minutos después escucho el sonido de “te mandaron algo por Insta”. Abro la notificación y mi corazón decide deliberadamente detenerse sin avisarme.
Diego ha comenzado a seguirte. Y una bandada de mariposas me recorre el estómago.
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A las ocho de la mañana, puntual, llego a mi nuevo lugar de trabajo. Mi tía me indica a grandes rasgos lo que tengo que hacer, como usar el programa para los turnos de los pacientes, el manejo con las coberturas médicas y yo siento que me va a explotar el bocho.
-Es fácil una vez que te acostumbras. Tranquila, linda. Lo vas a hacer bien. Cualquier duda nos vas preguntando a Diego o a mí.
-Sí, gracias, tía. ¿Diego ya llegó?
-De ahora en más, acá decime doctora Aguirre y a Diego, doctor Conde- me mira con gesto entre irónico y simpático.
-Claro, doctora Aguirre.
Cuántos problemas que tiene esta gente con los nombres.
-Buen día. Se me hizo un poco tarde en la entrada del cole- entra el hermoso doctor Conde y saluda a Paula- Hola, Luz- su gesto es de sorpresa.
-Buen día, doctor Conde- y el rubor que no me puse, aparece en mi cara. ¿De qué colegio habla?
-¿Lista?- cambia el semblante al de relajado que tiene siempre.
Desde que nací estoy lista para vos, Rey del imperio de los ratones Pérez.
-Eso espero.
Se acerca a mi asiento, como si fuese a buscar algo en mi escritorio y me deja arriba del teclado un chocolate.
-Para endulzar la mañana. Es de la suerte. Mi consultorio es el dos, cuando llegue el primer paciente, hacelo pasar- dice mientras se pasa la mano por el pelo y camina, como si el mundo estuviese a sus pies, a su lugar de trabajo.
Asiento y la voz de mi tía, me saca de la ensoñación.
-Luz, querida, ¿me escuchaste?
-Perdón, ¿cómo dijiste?
-Digo que saques la cara de boba. Tené cuidado con Diego, acá estás para trabajar- comenta con hastío y presiento que no es lo que me había dicho en primer lugar.
Llega el primer paciente, después el segundo, unos turnos por teléfono y la cosa parece ir fluyendo. Ya llegando al mediodía, me siento más tranquila.
En mi hora del almuerzo, reviso mi celular. Un mensaje de Agustín. “Suerte en tu primer día. No la cagues, que los dos sabemos tus limitaciones mentales.” Aún me resulta increíble cómo puede estar pendiente de mí o acordarse de mandarme un mensaje a pesar de sus propios problemas. Yo no le había preguntado nada acerca del encuentro con su mamá. Me sentí mal por eso. Pero decido no angustiarlo ahora con preguntas y le sigo el juego: “Gracias, querido. Y vos seguí disimulando las tuyas, así no te echan. Avisame si cenamos.” Creo que con eso ya entiende que estoy para él, para lo que necesite hablar. Por eso nuestro vínculo siempre fue especial. No hace falta aclarar, él sabe, yo sé.
Cerca de las cinco de la tarde, termino con mi primer día laboral que no estuvo tan mal. Antes de salir, paso por el baño y torpe como soy, entro sin golpear previamente. Vergüenza feroz. Diego se acomodaba el pantalón desde el interior del baño y yo debajo del marco de la puerta, paralizada.
-Tendrías que verte la cara, sobrina de Paula. No pasa nada, la próxima vez, golpeá y listo.
-¡Perdón¡ Soy una desubicada, no me di cuenta.
Creo firmemente que al nivel que el cuerpo me tiembla, causo un sismo grado cinco y que al latido de mi corazón lo puede escuchar el portero del edificio de enfrente sin audífono.
-Tranquila, respirá…
-Bueno, socio de Paula, ¿me dejas mear?
¡¿Qué?! ¿Dije mear? No, si yo voy a un concurso de idiotas amateur y me descalifican por ser profesional.
-Sí, claro. Hasta mañana- despliega su perfecta sonrisa y sale.
Me miro al espejo y me mojo la cara. Pero qué hermosa manera de terminar mi primer día.



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