Capítulo V
- 27 nov 2020
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La lluvia cae de manera torrencial cuando salgo del ascensor en la planta baja y mi cabeza deja de enumerar los pasos que tenía que seguir antes de cerrar el consultorio (apagar la cafetera, desenchufar la impresora, bajar las persianas y apagar las luces) para pasar inmediatamente a acordarme de la madre que me parió. Busco mi celular en el lío de mi cartera y me dispongo a pedir un Uber, pero la tormenta se adueñó de todos los taxis de la ciudad así que, resignada, me siento en los escalones de la entrada del edificio y, como una nena caprichosa, resoplo y me cruzo de brazos.
Después de cinco minutos aburridos y en donde la lluvia no parece menguar, me decido a caminar hasta el subte aunque se me moje hasta la bombacha, pero una bocina insistente llama mi atención.
-¿Te llevo?
Ya estoy preparando mi dedo para hacerle una linda seña al degenerado que me grita, pero entonces me doy cuenta de que es Diego y que su ofrecimiento no es lascivo sino amable y sincero. Me río de mí internamente y corro hasta el auto.
-Menos mal que te ví- me dice en cuanto me subo –esta lluvia está tremenda, no creo que pare por un rato. ¿Adónde te llevo?
-Hasta el subte está bien- digo, humildemente, aunque no sé muy bien qué voy a hacer cuando llegue a la estación que me deja a cinco cuadras.
-No, te llevo a tu casa o a donde vayas.
Sonrío.
-Voy a mi casa, ¿seguro?
Y arranca el auto como si el sonido del motor fuera la única respuesta que necesito.
El auto de Diego (ahora, en mi mente, el salvador y protagonista de todas mis fantasías) huele a nuevo y está impecable. De fondo suena el murmullo de la radio, voces que no se llegan a distinguir bien pero que parece tener el clima de una FM. De pronto me siento relajada.
-¿Qué tal tu primer día?
Después de encontrarte en el baño, el mejor de mi vida.
-Bastante bien. ¿Y tu día?
Sonríe.
-Bastante bien también. Tu tía me dijo que en realidad sos actriz, ¿qué hacés trabajando en un consultorio de dentistas?
Me encojo de hombros.
-De algo tengo que vivir hasta que me haga famosa.
-¿Querés ser famosa?- me dice y levanta una ceja.
-No estaría mal-. De pronto me siento inferior, como si hubiese dicho una pavada y el silencio que se hace a continuación tampoco ayuda. Miro por la ventana como si lo de afuera fuese más interesante que lo de adentro.
Necesito decir algo, lo que sea.
-¿Y vos? ¿Por qué sos dentista?
Ay, Dios, mátenme.
Él parece divertido.
-Mmmm… porque me gustan los dientes…
Él se ríe, yo me río más fuerte y lo golpeo en el brazo.
Alguien que me pare, por favor.
Parece sorprendido pero disimula su cara.
Listo, cree que soy una desquiciada.
-No, la triste realidad es que mi viejo era dentista y yo simplemente seguí sus pasos.
Una alarma se enciende en mi cabeza, pero se siente más en mi estómago, una duda, lo que dice no me gusta, pero entonces se encoje de hombros, me mira por unos segundos y la nube que había empezado a opacarlo todo se desvanece.
Diego sube la radio.
-¿Tenés planes para hoy?
Pensar en vos toda la noche.
-No, nada. Y con esta lluvia, menos.
-Cierto, es más noche de comer en la cama viendo una película.
Sí, hagamos eso, por favor, por favor, por favor.
Asiento.
El auto dobla en la esquina de mi casa y Diego estaciona.
-Bueno, acá te dejo, sana y seca.
¡Ja! Sí, seca…
-Gracias por traerme, me salvaste.- Me acerco para saludarlo y respiro su perfume.
-Cuando quieras.
Cuando la piel de nuestras caras se rozan en el saludo, la tensión en el auto parece tomar forma y entonces me alejo, con un pánico repentino que no sé muy bien de dónde viene ni por qué, y me bajo del auto sin más. No me animo ni a darme vuelta cuando pongo la llave en la puerta de casa y solo me relajo cuando escucho que el auto se aleja.
¿Por qué acabo de hacer eso?
Entro a casa todavía confundida, lo más normal hubiese sido que me tirara encima de ese hombre -lo más normal para mí, claro-, pero en lugar de eso salí del auto como si me corriera la muerte.
-¿Luz?
Salto del susto y antes de que pueda empezar a gritar veo la cara de Agustín.
-¡¿Qué hacés acá?! Me cagué toda.
Recuerdo que hace unos años le di una llave para emergencias que nunca, nunca usó. ¿Esta es una emergencia? Me acerco para mirarlo mejor, tiene los ojos rojos e hinchados, estuvo llorando.
-¿Qué te pasa?
Hoy vio a su mamá, me había olvidado. Qué estúpida. Me desespero un poco.
-Agus, ¿qué pasó?
No me mira. Le agarro la cara y lo miro a los ojos hasta que empieza a hablar.
-Tenías razón.
Obvio.
-¿Con qué?
-Mi vieja, apareció porque se va a casar con otro pelotudo y necesita la casa de mis abuelos.
Imágenes de la casa donde vivió Agustín hasta que su mamá desapareció cruzan por mi cabeza. La casa de sus abuelos paternos, su herencia.
-Esa casa es tuya, ella no tiene nada que hacer ahí.
-Por eso me la pide en vez de meterse de una.
-Te dije que la vendieras hace años, Agus.
Él asiente.
-No se la diste, ¿no?
-No, le dije que estaba alquilada, que es cierto. Así que me pidió plata. Después de quince años, aparece y me pide plata.
-¿Y estaba…- no sé cómo preguntárselo.
-¿En pedo? Seguro. Qué hija de puta- y golpea la mesada de la cocina con el puño.
Lo abrazo porque no sé qué más hacer y lo escucho llorar en mi hombro, otra vez, como siempre. Esta es la única razón por la que Agustín lloró a lo largo de nuestras vidas. Vuelvo a mirarlo, le saco las lágrimas de los ojos y le sonrío. Y entonces me besa.



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