Capítulo VI
- 4 dic 2020
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No sé cuánto duró. Segundos, tal vez milésimas. Pero, como dicen que sucede cuando te estás por morir, todos mis recuerdos con Agustín llegaron a mi cabeza en forma de flashes. Desde ese día en el arenero del jardín, donde me defendió del nene que me tiraba el pelo y se burlaba de mí, pasando por las vacaciones en Pinamar, donde nos escondíamos para tomar cerveza y fumar, hasta el día de hoy. Día en que nuestra amistad, por primera vez, se sentía amenazada.
Me suelta de golpe, quiere esconder la cara, se siente avergonzado.
-Perdoname, Luz. No estoy bien… no sé qué hago.
Yo tampoco sé.
-Agus, tranquilo, no pasó nada. ¿Querés que prepare mate y charlamos?
¿No pasó nada, no?
-No… bah, no sé… sí. No sé qué quiero, Lu. Mejor me voy, así no te pongo más incómoda. Perdoname, otra vez.
Agustín agarra sus llaves y camina hasta la puerta.
-Pará- apoyo la mano en su hombro- quédate, no hace falta hablar. Dejame por una vez cuidarte, te puedo cocinar algo rico- lo miro con ojos de perrito mojado.
-Gracias. Dale, pero te ayudo. No sos de las más duchas en el tema- y hace una mueca parecida a una sonrisa.
Afuera sigue lloviendo, fuerte, intenso. Parece que el clima se acopló a la tristeza y la bronca de Agustín. No iba a dejarlo solo. No así, no con este día. Y, para ser completamente sincera, para comprobar que nuestra amistad no tiene grietas después de ese beso.
Después de preparar la cena, comer y tomar un poco, todo vuelve a la normalidad. Decidimos pedir helado y mirar alguna peli. Damos por sentado que esta noche se queda a dormir. Entre nosotros, desde siempre, estos momentos de la vida ameritan piyamada.
-Dale, elegí vos. Hoy te dejo porque soy muy buena amiga.
-¡Milagro del Señor!
Qué feliz me pone cuando está bien.
-Dale, boludo, que no sea de terror que me cago encima.
-Siempre tan fina ella. Seguro que al doctor o a Mariano no les decís eso.
Claro, vos sos mi amigo.
-No les digo eso, ni nada. Convengamos que con ninguno miro películas.
-No, claro, con ellos te hacés la película- comenta, gracioso.
Estoy por empezar a dar las explicaciones del caso cuando el celular interrumpe la charla. Agustín sigue pasando los títulos posibles y yo miro en la pantalla la notificación que me avisa de un nuevo mensaje de un número que no conozco. Lo abro. “¿Ya elegiste peli? Recomendame alguna que estoy perdido, sobrina de Paula.” Un sinfín de chasquiboom me explotan en la panza mientras leo. Miro la foto de perfil. Diego, con una nena, la misma del Instagram. Agendo el contacto y me pongo a escribir: “Hola, Diego. Estoy igual. Todavía no decido (emoticón de la chica con las palmas de las manos hacia arriba)”.
Miro de reojo a Agustín y noto que me mira raro. De pronto me siento mal. Como si me hubiese enganchado haciendo algo que no corresponde.
-Contestá tranquila, creo que ya elegí. ¿Mariano?
-No, Diego. Me está avisando de unos turnos para mañana.
¿Por qué le miento?
-Que desubicado, a esta hora. ¿Te parece esta?- su gesto parece despreocupado, sigue con la mirada fija en la tele. Me muestra el tráiler de la que eligió.
-Dale, parece buena.
Otra vez el sonido de un mensaje. Me siento incómoda. Quiero ver, pero pongo el celular en silencio y lo dejo a un costado. Empezó la peli.
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El ruido escandaloso de mi despertador me saca de un sueño profundo. Abro los ojos sin moverme y siento a Agustín pegado a mí, cucharita, todavía dormido. Le saco la mano que está por mi cintura y salgo de la cama. Empiezo la secuencia baño-mate-ropa antes de salir a mi segundo día laboral. Me tiro un poco de agua fría en la cara y me miro al espejo. Niego con la cabeza cuando una ola de pensamientos acerca del beso, los comentarios y el abrazo dormido de Agustín, vienen a mi cabeza. Me digo a mí misma que no pasa nada. Y sigo con mi rutina.
Ya en la cocina, con el mate en la mano, reviso mi teléfono. Está pendiente el mensaje que nunca leí de Diego. “Bueno, si encontrás alguna, pásame el dato. Que pases buena noche, Luz”. Me asombra que por primera vez use mi nombre. Me quedo embobada mirando la pantalla, releyendo el mensaje.
-¿Hay mate?
-¡La puta que te parió, boludo! Me asustaste.
-Nunca mejor dicho… la puta que me parió. No me ofende.
Matame, Jebús.
-¿Cómo dormiste?- estratégicamente cambio de tema, soy muy viva…
-Bastante bien, igual me duele un poco la cabeza. Me tomo dos mates y me voy, así paso por la farmacia a comprarme algo.
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Cuando Diego, ahora Doctor Conde, llega al consultorio, me saluda con un “hola” a secas. Mi mente, como siempre, empieza a maquinar las posibles causas, pero la ganadora por goleada, es que está ofendido por la falta de respuesta de anoche. Pienso en darle explicaciones, pero lo descarto cuando una de las voces que habitan en mí me sugiere que él no me las pidió.
Casi llegando al mediodía se asoma desde la puerta de su consultorio y me pide un café. Siempre espléndido, aunque serio.
Cuando entro de dejar la taza él se decide a hablarme.
-¿Te molestó que te escriba anoche?
Me freno de golpe. El corazón se me sale por la boca. Me doy vuelta despacio, pensando la respuesta.
-No, para nada. Tenía en celular en silencio y no vi que me contestó hasta esta mañana.
-Podes tutearme- y me regala una sonrisa descontracturada.
-Es que Paula me dijo…
-Sí, ella es muy formal. Pero a mí no me molesta. ¿Viste algo al final?
A vos, en mis fantasías, todo el tiempo.
-Sí, vi. No me acuerdo el título, pero no estuvo buena. Era de acción.
-Te tenía más con la comedia romántica… Que bueno saberlo, la próxima podemos ver alguna. Me gustan de acción.
No me provoques, que arranco enseguida.
-¡Dale, genial!
Y ahí está mi voz de pito entusiasmada otra vez. Mátenme, por favor.
Me regala una nueva sonrisa, esta vez más divertida.
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Viernes al fin. Cuando llego a casa, siento vibrar mi teléfono.
-Hola tía, ¿todo bien?
-Luz, querida, perdóname que te moleste fuera de tu horario laboral, pero te tengo que pedir un favor urgente.
-Sí, decime- disimulo perfectamente mi hastío.
-¿Podés llamar a los pacientes de Diego que tengan turno la semana que viene y cancelarlos? Por lo menos los del lunes y martes, nena.
-Sí, claro, ¿pasó algo?
-Internaron a la hija de Diego, no sé muy bien que tiene, pero me pidió eso.
-…
-Querida, ¿estás ahí?
-Sí. Ya lo hago. Por favor avísame lo que sepas.



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