top of page

Copenhague

  • 5 oct 2020
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 19 oct 2020




Mi abuelo aparece en la pantalla de mi computadora, lejano, distante, serio, concentrado, casi como lo recuerdo. Me acomodo en el sillón mientras las primeras imágenes del teatro se iluminan. Agarro la manta, mi copa de vino, los gatos se acomodan cada uno en un costado y emprendo este viaje de reencuentro.

De estar en una situación normal, en donde la gente no tuviese que estar encerrada porque un virus acecha nuestras calles, a nuestros vecinos, amigos y familiares, yo tendría algo mucho más interesante que hacer que sentarme a ver a tres viejos discutiendo sobre física (estudio que, además, jamás logré entender). Pero hoy, encerrada en la soledad de mi casa, este es el mejor plan, de hecho, es el que estuve esperando toda la semana, desde que el Teatro San Martín anunció por Instagram que iban a publicar por algunos días la obra completa para verla online y ni siquiera quise arriesgarme y esperar un par de días para verla, por miedo a que la bajaran de la nube antes de lo previsto.

Lo primero que reconozco es su voz, esa que hace tantos años no escucho y que casi puedo sentir como si estuviera en esta casa, diciéndome “Chinita”. Después lo veo desplazarse por el escenario y pienso en que no se ve muy distinto a como era en realidad en la vida cotidiana, pero entonces me pregunto si lo que yo veía era él realmente o un personaje. Siempre dije que ese hombre al que todos llamaban “El Maestro” para mí era simplemente mi abuelo. Y entonces me pregunto si alguna vez lo conocí, aunque fuera esa pequeña parte que yo creía que era mía, esa parte que compartíamos, en donde él me hacía preguntas de abuelo como “Cuando decís que tenés novio, ¿a qué te referís?”. Y claro, el mismo anciano que me preguntaba eso no puede ser el mismo que hoy intenta explicarme la teoría sobre la bomba atómica. No, es evidente.

Este teatro casero me permite poner en pausa el video para poder hacerme algo de comer. Una ensalada de rúcula, palta y zanahoria de entrada y un plato de fideos con tuco como principal. Entre cortes y fuegos voy y vengo de la cocina y le doy play a la obra por algunos minutos. Cuando la cena está lista llevo todo al living y como (lo que en un teatro está prohibido, pero en el mío no).

Por momentos me distraigo un poco, todo este embrollo sobre átomos, uranio, plutonio y demás me marea, no entiendo todo, en realidad muy poco, pero sigo prendida a la pantalla porque mi abuelo está estupendo. Y se enoja, se ríe, hace reír al público, se indigna, se entristece. Es casi él, ¿pero es él?

Desde mi sillón puedo ver su Martín Fierro que ahora descansa en mi biblioteca, ese por el que todo el mundo me pregunta cuando entran por primera vez en mi casa y yo contesto orgullosa “era de mi abuelo”. Pero recién ahora entiendo por qué era de mi abuelo, recién ahora, ni siquiera en un teatro real. Ni siquiera con él acá.

Vuelvo a pensar que si los bares estuvieran abiertos yo estaría tomando una cerveza y disfrutando de mi vida social.

Mientras Heisenberg y Bohr discuten sobre quién logró resolver el cálculo para la bomba atómica y se reparten culpas sobre el futuro de la humanidad, no puedo evitar preguntarme si en algún lugar del mundo alguien discutió en algún momento de la misma forma sobre este virus, porque ya no sé qué pensar. ¿Y será que esto va a cambiar el curso de la humanidad o simplemente va a quedar plasmado en la historia y en unos años solo va a ser algo sobre lo que hablemos? El presente a veces parece correr sin consecuencias.

Y llega el final y Heisenberg, Bohr y su esposa, Margarita, dicen sus últimas palabras: “Antes de que podamos aferrarnos a algo, nuestra vida se ha terminado. Antes de que podamos vislumbrar quién o qué somos, nos hemos ido para siempre y nos hemos convertido en polvo. Instalados en todo ese polvo que nosotros levantamos. Y tarde o temprano llegará el tiempo en que todos nuestros hijos serán polvo, y luego los hijos de nuestros hijos. Cuando las decisiones, grandes o pequeñas, no se vuelvan a tomar nunca más. Cuando no haya más incertidumbre, porque no habrá más conocimiento. Y cuando todos nuestros ojos se hayan cerrado, cuando hasta los fantasmas se hayan ido... ¿qué quedará de nuestro adorado mundo? ¿De nuestro arruinado, deshonrado y adorado mundo?...”

La pantalla se vuelve negra y mi abuelo desaparece, entre aplausos, otra vez. Y yo lo miro, desde lejos, desde mi sillón, y me pregunto si ese es él o es un actor.

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


¡Hablemos de escritura! Dejame un mensaje

bottom of page