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Recuerdos

  • 28 dic 2020
  • 1 Min. de lectura

Te veo atar tus zapatillas como un adolescente y algo adentro mío se enciende, el recuerdo del pasado, el nuestro y el que siempre parece quedarse a medio camino. Te miro caminar por la casa, tenés ese andar tan particular, esa especie de salto en el pie izquierdo, mínimo, imperceptible para el ojo distraído. Y recuerdo tus jeans y tu campera marrón, esa a la que le levantabas el cuello y parecías salido de mis mayores fantasías adolescentes.

Me voy de tu casa convencida de que esta sí puede ser, porque la primera fue tuya, la segunda fue mía y la tercera de los dos, pero tal vez sea hora de dejar de contar, porque pasan las horas después de que descargaste tu peso sobre mí, como si depositaras algo que te estaba molestando y te calzas tus zapatillas de la adolescencia y vas por ahí con la cabeza en algún otro lugar en donde parece que las cosas no se entienden, o porque te resulta cómodo así o porque no sabés cómo decirlas.

Me paso el resto del día preguntándome si no entendí mal, porque no habré guardado mis zapatillas de cordones deshilachados y de canciones de rock, pero sí el peso del pasado, de algo inconcluso, una herida abierta que confundo con tu persona pero no tiene nada que ver con vos.

Y entonces entiendo que esto vuelve a pasar porque buscamos en el otro el recuerdo de lo que éramos, como si pudiéramos cazar en el tiempo ese momento que lo cambió todo y ver si así el futuro se arregla. No te preocupes, no somos los únicos.



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