Sin testigos
- 26 nov 2020
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Puedo ser un montón de cosas sin testigos, puedo decir un millón de cosas, pero no las digo, no me atrevo ni a pensarlas. Es que cuando hay alguien que escucha hay alguien que juzga, bien o mal.
Puedo ser mala, puedo ser buena (si es que la definición a eso se escribió sin depender de quién la escriba), puedo ser madre, puedo ser hija. Puedo fantasear con matar, robar, secuestrar o mutilar.
Pero el mundo mira, está, sabe. Por redes, por cámaras, por la ventana del vecino o la comparación del amigo, la gente está.
Y entonces me preguntó si soy lo que soy por elección o por miedo al mundo, porque cuando tuve que elegir, elegí lo peor. Por buena, por pasado, por cultura, porque no viví una situación límite -porque ahí se nos llena el culo preguntas, mi vida por la tuya, tu vida por la de un ser amado, la vida de un ser amado por la de otro-. Es que no le tengo miedo a morir, tengo miedo a decidir. Porque en la decisión está el juicio del otro y lo que más temo es lo que se piense de mí, porque con el pensamiento no hay nada que hacer, está ahí y nadie lo conoce a menos que la persona quiera revelarlo ¿Y si no te lo dice?
Tal vez mi miedo sea la duda. Porque está llena de incógnitas que te podés inventar, pero la verdad no la vas a saber, porque es del otro.
Y con lo del otro uno no tiene mucho que hacer.
Y entonces me gustaría ser en un mundo sin testigos. Para ser.



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