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Ruido

  • 3 mar 2021
  • 1 Min. de lectura

Leer en el gesto ajeno lo que uno quiere como propio. Pensar, analizar, sentir de una manera íntima lo que es del otro. Me canso, al punto del agotamiento, pierdo la fe, las ganas, las expectativas. Los deseos de una vida apagados en una noche, como la vela de los quince, como ese sueño que cuando se cumple ya no significa nada, ya no parece tan ideal.

Y todo por esta idea de que tiene que ser para siempre, de que esto DEBE ser eterno. Y lo que dura es muy poco y lo que añoramos es un segundo en el pasado, de alguien que te hizo creer esto o aquello, de los que te dijeron que la vida ES así.

Y ASÍ no es nada y el único DEBER que tenemos es con nosotros mismos. Nada que ver con la mirada del otro, con el deseo del de al lado.

Y entonces me pregunto, ¿Qué espero al final de esta búsqueda?

¿Seguridad? ¿Confirmación? De que soy esa que todavía no sabe quién es.

Y de a poco, la ansiedad afloja, el latir en mis oídos se vuelve un poco sordo y respiro, otra vez, y otra vez. Y cierro los ojos y me digo: silencio.

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