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Maratón de besos

  • 5 oct 2020
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 12 oct 2020



No teníamos más de doce años. Nos encontrábamos en la puerta del colegio al mediodía, cuando el turno de la mañana terminaba y comenzaba el de la tarde. Ni un “Hola”, ni un “¿Cómo estás?”, solo nos tomábamos de la mano, caminábamos hasta el kiosco de la esquina y ahí, enfrente de todo el mundo, empezábamos una maratón de besos que terminaba cuando escuchábamos el timbre y yo corría para que no me dejaran afuera de la escuela.

Fernando Duarte se llamaba, y yo creía que estábamos enamorados. Con el tiempo entendí que lo que pasaba ahí era algo bien distinto: hormonas, curiosidad… sí, también algo de promiscuidad y apuro por conocer todo lo que tenía que ver con el amor y el sexo opuesto.

Fernando cargaba mi mochila todas las tardes, cuando pasaba otra vez por la puerta del colegio para acompañarme a mi casa, pero ahí no había besos (ninguno de los dos quería ser asesinado por mi papá), así que él esperaba que entrara y se iba.

No teníamos mucho diálogo, pero ninguno de los dos lo necesitaba.

Así estaba, cargando con mi mochila cuando le di la noticia.

-Me voy… y no vuelvo.

-¿Y qué hacemos? ¿Cortamos ahora o cuando te vayas?

-No, esperemos al último día.

Y hasta el último día esperamos. Lo vi por el espejo retrovisor mientras me alejaba, de él, de mi casa, de mi escuela, de mi vida. Lo miré hasta que se hizo chiquitito, un punto en mi pasado.

No volví a saber de él hasta ese día que me chocó en la calle. Por supuesto, no me reconoció, me rumió un “perdón” y siguió su camino. Pero yo sí supe quién era y me quedé mirando cómo se alejaba, otra vez.

Es Fernando Duarte, mi maratón de besos.

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